AUTOR: Guillermo Riveros Tejada
TÍTULO: Antología Poética
EDITORIAL: Arte Editorial (Primera edición)
AÑO: 1989
PÁGINAS: 198
PRÓLOGO: Bogdan Piotrowski, et al
RANK: 5/10




Por Alejandro Jiménez
En una de las últimas visitas que hice a la Librería Homero hace unos diez años, encontré esta antología del maestro Riveros Tejada, de quien apenas conocía, en aquel momento, su procedencia. Antes, y allí mismo, pude comprar varios libros de poetas venezolanos (José Arreaza Calatrava, Juan Ramón Medina), colombianos (Elkin Restrepo, Luis Iván Bedoya) y argentinos (Lautaro Ortiz) que, si bien no llegaron a convertirse en mis lecturas favoritas, al menos me procuraron algo de ese color y revelación que siempre acompaña la experiencia de la poesía. Ya lo decía en su época el propio Aristóteles: a los poetas les compete ofrecernos una verdad superior a las otras.

Pues bien, hoy, cuando la librería ya no existe y, por fin, he terminado de leer la obra de Riveros Tejada me doy cuenta de que todos los libros comprados allí comparten para mí una suerte semejante: ubicarse en un punto indefinible entre la sorpresa y el desencanto. A veces, el poemario del boliviano atrapa con su universalidad, con la nostalgia translúcida de otras épocas, distantes en el tiempo, pero invocadas a través de la palabra; otras, en cambio, desatina, se desmorona, bien sea por el sacrificio de la imagen a las formas rimadas, o por la insistencia en un único modelo a la hora de acercarse al paisaje del mundo, tan diverso, tan lleno de complejidades.

Otra enseñanza de Aristóteles, en este caso concerniente a la virtud, señala la necesidad de dar a cada quien lo que corresponde y, por tal razón, lejos del entusiasmo –exagerado en ocasiones- que muestran los prologuistas de esta Antología Poética (1989), me inclino a pensar que, aunque es notoria una unidad de estilo y pensamiento en ellos, los poemas de Riveros Tejada, al final, obtienen calidades diferentes: más alta, por ejemplo, cuando se trata de temas históricos (“Celadores del Mar”, “Canto Vesperal a Tihuanaco”) y, más baja, cuando se enfocan en el amor (“Para Ella”) o en algunos personajes famosos (“La Muerte del Ruiseñor”).

Guillermo Riveros Tejada nació en La Paz en el año 1934; no obstante, su genealogía se remonta a distintos puntos del planeta: a Suecia, a España, a Brasil y a cada uno de los otros lugares en donde sus abuelos y demás ancestros tuvieron en algún momento su residencia. Hombre de letras desde joven, viajó por todo el mundo, tanto en función de sus cargos políticos, como por el placer de conocer paisajes, costumbres e ideas nuevas. Si en su poesía se respira cosmopolitismo es justamente debido a este tránsito del autor por tantos espacios y periodos lejanos que tienen numerosas equivalencias con su patria Bolivia.

Su vocación poética fue madurándose pacientemente; tal es así que en esta antología se reúnen poemas de sus dos primeros libros Ánfora de Signos y Astrolabios del Tiempo, ambos publicados a finales de los ochentas. Después de aparecer, la crítica (especialmente la colombiana) los celebró, afirmando, entre otras cosas, que Riveros Tejada hacía una renovación de la poesía volviendo a los modelos tradicionales, que su obra debía contarse como una de las más creativas de Latinoamérica y que, en fin, esta poseía todas las características de una verdadera invención.

La crítica es una labor subjetiva y, en poesía, muchísimo más, por eso no tengo la intención de discutir esas apreciaciones aquí; prefiero mejor aventurar un acercamiento a los dos aspectos que me parecen más significativos en la Antología Poética de Riveros Tejada: los referentes temáticos de su poesía, y el uso particular que hace del lenguaje.

Referentes temáticos de Riveros Tejada

Bien podría afirmarse que en literatura, máxime en poesía, no existen temas. ¿Acaso ella no es la expresión del universo? Sin embargo, no puede negarse que los poetas se apropian siempre de un conjunto de inquietudes en particular, ya sea por el tipo de vida que llevan, sus posiciones políticas o ideológicas, la influencia del contexto, etcétera. En este sentido, Riveros Tejada no es la excepción: al recorrer los más de setenta poemas que conforman su antología saltan a la vista dos grandes referentes: uno filosófico y otro histórico.

El referente filosófico. Hay un conjunto de temas que pueden englobarse bajo una mirada filosófica: la muerte, la religión y la libertad, a los cuales Riveros Tejada dedica varios poemas, especialmente al comienzo del libro. Estilísticamente, pronto se descubre que esta clase de poemas son los mejor logrados, y hacen gala de un estilo modernista, reflexivo. Así puede verse en un poema como “Divagancia”:

“Qué triste no saber que no sabemos.
Que escuchamos el ruido, no el silencio.
Que perdemos día tras día la inconsciencia
Que de niños tuvimos del recuerdo.
Llenando con palabras el vacío
En que nos sume el conocimiento
Y obsedidos de espejismos, nuestros ojos
Ya no sirven para ver adentro.
Y la vida, en su viaje hacia la muerte,
Traducida en un instante pasajero,
Al final no nos revela nunca
Por qué un niño sabe más que un viejo.
¿Será que únicamente los sentidos sirven
Para obstruir los sentimientos?
¿O venimos a la vida de la muerte
Y a la muerte retornamos sin remedio?” (Pág. 43)

La poesía de Riveros Tejada refleja en el marco de su filosofía una tensión, una lucha íntima en la que se enfrenta la fatalidad contra el impulso de la creencia. En poemas como el anterior o “Elegía Vertical de la Angustia”, esa fatalidad toma cuerpo como duda; hay un hombre escéptico detrás de esas líneas, apesadumbrado, viéndose a sí mismo inmerso en un juego de condenaciones, de pérdidas irrevocables. “¡Crece la angustia!” –dice el poeta-, en los montes, en los manantiales, en las florestas verdes, y esa conciencia de lo fatal es una parte constitutiva de la vida.

En segundo lugar, la fatalidad se expresa como correlato de la muerte: los versos de “Más Allá de la Muerte”, “Egonía”, “Donde Todo Es eterno”, “Odisea del Olvido” o “Canción del Arcano” reflejan la pugna del hombre frente a esta realidad también indefectible. Lo que expresa al respeto Riveros Tejada es una especie de dolorosa resignación que toma como base la comprensión de ella, la muerte, como límite infranqueable. De esta manera, elementos convergentes como la agonía, el recuerdo o el olvido se convierten en experiencias que deben asumirse, sin importar el carácter trágico que tengan. Sucede así en el mencionado “Egonía”:

“¡Fervorosa alma mía!
Cómo extiendes tu anhelo, incesante, dolido.
Buscando, inútilmente,
Prolongar tu delirio.
Que tu voz la repitan
Solamente los niños
Que comprenden las cosas
Que no tienen sentido.
¡Jubilosa alma mía!
Pétalo azul de lirio.
Piedra que cortó el viento,
Cuerpo de vino antiguo.
En la noche callada
Hincha tu vena ardiente,
Tus postreros latidos y
Desciende, hasta siempre,
Al fondo del olvido” (Pág. 59)

Finalmente, la fatalidad es concebida por Riveros Tejada en la rutina del dolor vivido. De tal suerte, al escepticismo y la muerte, se suma un tercer elemento que es la tristeza. En “Tríptico”, el poeta se llama a sí mismo “juguete del dolor y del delirio”, allí es un borracho, un noctámbulo que vive prisionero del fastidio; en “Linde Profana”, grita casi enfurecido: “nada tiene sentido”; y en algunos de sus poemas de amor (“Íntimo”, “Regálame el Silencio”) lo que se halla es el desconsuelo de la soledad, el desengaño, la ruptura. 

Pero, como dijimos antes, la dimensión filosófica que hay en la poesía de Riveros Tejada no es enteramente fatalista, sino que enfrenta las fuerzas concretas de la duda, la muerte o el dolor con la necesidad de creer, con cierta vislumbre de esperanza. Y esa creencia, al menos, su posibilidad, la encuentra el poeta boliviano en puntos diversos de la vida: en la libertad, por ejemplo, la que personifica el águila de “Oda al Abismo” mientras abre sus alas y se desplaza majestuosa por la ancha geografía; o, también, en la contemplación de la naturaleza, como sucede en “Salomé” (Shalom: paz, en hebreo); o en la magia que puede invocar el hombre solitario, ese hombre que aparece en “El Imperturbable”.

Por demás, también existe un espacio para la creencia religiosa en los poemas de la antología. “Cristo del Humilladero” o “Plegaria Nocturna”, por citar dos casos, dejan ver un Riveros Tejada que apela a la guía, a la bondad de dios para poder soportar el embate de las contrariedades. “Te veo en cada instante –dice el autor-, asísteme” y, de esta manera, en la descarga del sufrimiento sobre una espalda más fuerte, o en la armonía con una potencia que redime, que consuela, la existencia, la fatalidad de ella, se hace un poco más soportable.

El referente histórico. Diríamos que esa parte filosófica que desarrolla Riveros Tejada involucra su perfil más íntimo y que, como corresponde a la naturaleza de sus temas, ante todo busca con esos poemas una reflexión humana, existencial. Ahora bien, hay otro gran componente semántico en su poesía que tiene que ver con lo que se encierra aquí bajo la noción histórico que, en aras de ser más precisa, debería acompañarse del término político o social

En efecto, el referente histórico no se reduce al conjunto de poemas que escribe el autor para recuperar parte de la cultura de las comunidades indígenas precolombinas, a lo que dedica, en verdad, muchas páginas, sino que adicionalmente existe una línea temática de corte más político que es portavoz de ciertas críticas establecidas a hechos puntuales de la realidad, especialmente, boliviana. Lo interesante del trabajo que hace Riveros Tejada en este punto es la universalidad que lo soporta, esa búsqueda de que lo dicho sobre un cántaro chibcha o la nostalgia de los bolivianos por la pérdida del mar alcance el nivel de una exaltación o una demanda universales, compartidas enteramente, sin distingo de culturas o idiomas.

A esa lista de poemas que desean contribuir a la recuperación de la historia y el reconocimiento identitario pertenecen la “Cantáfora X” (dedicada al Chinchen Itzá), “El Cántaro Chibcha”, “Canto Vesperal a Machu-Picchu”, “Yaurichamby” y, aunque no se enfocan en la tradición latinoamericana, “Walkirie” y “Fatamorgana”. Lo que tienen en común todos estos poemas es, en primer lugar, un deseo de enaltecer por medio de la descripción la belleza de un lugar, un dios o un evento determinado y, segundo, el hacer un llamado para su renacimiento. De este modo escribe Riveros Tejada sobre Machu-Picchu:

“¡Oh, ilusión dolorida! Arrecife espigado.
En tu paz de ceniza se ha secado el remanso
Y el bejuco trenzado aprisiona tus brazos;
Déjame ver el solio que retuvo el milagro.
El relámpago artero que cegó a tus vasallos.
El filón de la magia y la piedra en que oraron
Los antiguos Amautas para darte presagios.
Déjame que yo ascienda hasta el trono sagrado;
Que la escuadra de bronce no detenga mi paso.
Que descifre los sueños que aquí tienes guardados;
Que interrogue a los muertos, y a quienes te ofrendaron
Su sangre coagulada en tus diez mil peldaños.
Vengo a intuir tu destino indagando el pasado;
Vengo a husmear en la senda que dejaron tus pasos;
A escuchar en la kena tu dolor hecho canto (…)” (Pág. 105)

Muchos de los poemas de la antología son concebidos desde este horizonte de celebración, de canto. Empero, también hay otros en los que prevalece el tono elegíaco y, en consecuencia, sobre esa misma belleza que antes se conmemoraba irrumpe una ola oscura que arrastra los colores quedando en el fondo apenas un rastro, un recuerdo de grandeza. Con todo, como este tipo de poemas son menos en cantidad, después de leer completamente la antología el lector descubre más relieve en el paisaje cantado que en cualquier otro. Más de una docena de poemas y, prácticamente, todas las cantáforas están dedicadas a descubrir el milagro, el brillo natural, el animal simbólico, el fragmento de tierra, la montaña, en fin, todo lo que pueda enorgullecer al hombre latinoamericano.

Y tal vez es precisamente ese hallazgo, la revelación de todo lo que habita en nuestros pueblos, el hecho que lleva a Riveros Tejada a tomar su lápiz para escribir también algunos poemas en los que de la historia pasa, no digamos a la acción política, pero sí al llamado de atención, a la crítica del orden y los paradigmas. Verbigracia, “Juan Pérez No Ha Muerto” es la expresión de un poeta, sí, pero además de un boliviano que anuncia que un campesino, “el Gran Piache, el culebrero” permanece vivo en el pensamiento del colega que lo recuerda. Asimismo, en poemas como “Patria Mía”, “Bolivia, Amor Desesperado” o “La Mestiza”, el autor insta a sus compatriotas para aunar fuerzas y “remontar la cordillera” que sacará al pueblo del rezago.

De estos poemas, y de lejos, el que con mayor afectación está escrito, y el que mejor encarna la situación de Bolivia, el único país latinoamericano que no tiene acceso al mar (y esto, a pesar de lo distinto que fue en los tiempos de la estirpe Tihuanaco, de la gran ciudad de los Tupacs Yupanquis), el más emotivo y representativo, digo, es “Celadores del Mar” que, como bien señaló Héctor Ocampo Marín, posee más fuerza convictiva y más razón que los reclamos internacionalistas y diplomáticos elaborados sobre el tema, sobre la añoranza del mar:

“(…) ¡Marinero perdido! ¡Viejo lobo extraviado!
Cuánto más debo andar para ver el milagro,
Cuánto más debo andar para apretar tu mano,
Cuánto más debo andar para ver el albatros
Recorriendo la costa, saludando a los barcos. 
Cuanto más debo andar para ver a mis niños
Nuevamente jugando
En las playas agrestes de ese mar impregnado 
Por mi sangre y mi llanto.
¡Decidme celadores del mar!
¿Qué precio es el correcto que debemos pagar 
Por volver a lo nuestro, 
Por salvar del naufragio nuestros sueños. 
¿Qué precio es el correcto? 
Cuánto cuesta el velero que nos lleve a otras costas. 
Que nos libre del tedio que produce en el alma 
Todo este enclaustramiento.
¡Decidme celadores del mar! ¡Cartógrafos del viento!
Si Neruda o Huidobro estarían contentos 
Escuchando los gritos que produce el silencio 
De una sangre que lleva su silencio por dentro.
¡Decidme celadores!
Qué precio es el correcto 
Que debemos pagar por volver a lo nuestro” (Págs. 64-65)

El lenguaje de Riveros Tejada

Antes hice una alusión sobre el estilo modernista que se evidencia en la poesía de Guillermo Riveros Tejada; esto es algo que puede afirmarse debido, por un lado, a la recurrencia de ciertos temas filosóficos y, por otro, al uso particular que hace el poeta del lenguaje, pues, aunque en esta Antología Poética hay muchos recursos de la poesía tradicional (especialmente aquellos relacionados con la métrica y la rima) la intención casi siempre está dirigida al descubrimiento de la palabra, a los enlaces inusuales o, incluso, a su invención, características todas ellas del modernismo. 

A propósito del lenguaje que pone en marcha el poeta resaltan cuatro aspectos: primero, la insistencia en la rima; segundo, la preferencia del vocabulario culto; tercero, la invención de formas poéticas (en concreto la cantáfora) y; cuarto, la invención de nuevas palabras.

La rima. La naturaleza de la poesía nos remite necesariamente a su interpretación como canto y, en consecuencia, a asumirla dentro de un tipo de creación que se apropia de factores como el ritmo, la armonía y la rima. Pues bien, Riveros Tejada es lector de los grandes poetas españoles (Luis de Góngora, Tirso de Molina, Lope de Vega), de quienes hereda el gusto por la confección de poemas que busquen el perfeccionamiento de sentido armónico, y aunque a nivel métrico la mayoría de sus poemas son “imperfectos”, en cambio, son ricos en la armonía que les otorga el uso de rimas asonantes y consonantes. 

Podría parecer confuso el hecho de calificar la poesía de Riveros Tejada como cercana a la estética modernista y luego señalar una serie de autores del Siglo de Oro; sin embargo, tal es la mixtura a la que somete su creación el poeta boliviano, y la suerte que tiene en ello, como se dijo al principio, varia de un texto al otro. Hay poemas, por ejemplo, en los que la exigencia de la rima redunda en una desvirtuación de la idea o, al menos, en un exceso formal; y, por el contrario, hay otras ocasiones, en que funciona bastante bien, como al inicio de “Canto Vesperal a Tihuanaco”:

“Caracola marina entristecida,
Lágrima por la roca conservada,
Babel por el tiempo consumida,
Estela por el sueño descrifrada.
Rapsodia en la piedra concebida,
Ánfora para siempre derramada (…)” (Pág. 85)

El vocabulario culto. Como entusiasta de Rubén Darío, Riveros Tejada también desea proyectar en su poesía la elección de un lenguaje culto, enriquecido. Es así que recurre a dos estrategias que le permiten ampliar su léxico: la recuperación de palabras utilizadas con baja frecuencia, y la vuelta a personajes, lugares o hechos históricos que sólo se conocen después de cierto bagaje cultural. Ejemplos de la primera estrategia son escorado, estulta, grupear o zardas; y, de la segunda, Laponia, Belial, Euterpe o fatamorgana.

La invención de formas poéticas. Más allá del trabajo de rima que hace Riveros Tejada y del lenguaje culto que propone en muchos de sus poemas, su logro principal radica en la invención de formas poéticas personales. El autor boliviano es el creador de la cantáfora, esto es, un canto-metafórico de corta extensión que resalta generalmente cualidades del paisaje y que no recibe un nombre en particular, sino que se identifica por una referencia númerica. En su Antología Poética hayamos bastantes ejemplos, uno de ellos es la “Cantáfora X”:

“Chinchen Itzá
Luz potente.
Teotihuacán
Tula azteca
Infinita,
Misteriosa
Pirámide extravagante.
Fuego Inicial
Ciudad Verde” (Pág. 47)

Como se observa, además de su reducida extensión, las cantáforas de Riveros Tejada tienen una construcción basada casi enteramente en sustantivos y adjetivos, o sea, se prescinde en ella al máximo de la verbalización, pues su objetivo no es narrar, sino construir imágenes, relacionar símbolos. Es un arte de nominación en el que la palabra tiene la capacidad de descubrir, de revelar lo que existe, de volverlo –como dicen los entusiastas del poeta- plástico. Así se observa también en la “Cantáfora XI”:

“En montañas
Que se pierden,
Huertos llanos,
Luz celeste.
Aromados
Cafetales.
Verde rojo,
Rojo verde” (Pág. 49)

La invención léxica. De manera alternativa a la creación de estos pequeños poemas con todas las pequeñas características que poseen, el poeta boliviano asume además la libertad de la invención léxica, y en este hecho se parece de nuevo mucho a los modernistas, a aquellos autores a quienes el lenguaje estándar no resultaba suficiente o preciso para expresar ciertas particularidades de su experiencia, para designar las emociones, las coloraturas que iban descubriendo en su vida. Son casi una decena de palabras nuevas las que hacen parte de este poemario y que representan la contribución del poeta al enriquecimiento de nuestro idioma.

Cabe precisar que no se trata de una invención arbitraria de Riveros Tejada, sino de la creación de nuevos términos a través de la asociación de otros dos ya existentes. La misma palabra cantáfora ya refleja esta forma de trabajo, pues no es más que la unión de canto (de canción) y metáfora (el símbolo), o sea, la unión de lo físico y lo abstracto, con todas las implicaciones que esto tiene. Otras palabras inventadas son las siguientes:

1. Egonía: de ego (yo) + gonía (agonía) Palabra con la que se designa el carácter especial que tiene el estado agónico y doloroso de uno mismo en el lecho de muerte.

2. Rediviva: de redi (redimir) + viva (vivir) Un vocablo con el que se intenta señalar la cualidad de una redención hecha cuando todavía es posible disfrutarla vitalmente.

3. Magmasalén: de magma (fuego) + salén (Jerusalén) Término que sirve para referirse al episodio concreto dentro de la tradición religiosa en el que se narra la destrucción de Jerusalén por obra del fuego.

4. Fantalia: de fanta (fantasía) + lia (dalia) Esta es una conjunción que permite señalar el encuentro de la naturaleza, representada en la dalia, con la imaginación: la remisión que lo material nos hace hacia planos diferentes de la realidad.

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Guillermo Riveros Tejada ha dejado a la posteridad una poesía dentro de la cual puede descubrirse una belleza particular. Espero que este comentario de su obra sirva de homenaje a su memoria, tras la muerte del poeta acaecida en octubre del año pasado.

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